Las ilusiones de la 'identidad'. La etnia como seudoconcepto (2023)


Publicado:1998-12
Lasilusiones de la 'identidad'. Laetnia como seudoconcepto
Illusionsof'identity'. Ethnicity as a false concept

PedroGómez García
Catedráticode Filosofía. Departamento deFilosofía.Universidad de Granada.
pgomez@ugr.es


RESUMEN

La obsesiónpor la «identidad»ha contaminado todos los discursos, haciendo un dudoso tratamiento delhecho y problema de las semejanzas y diferencias, cuyas clavessólopueden comprenderse adecuadamente desde un enfoque evolucionista.Otrorase tipificaban las razas, hasta que se llegó a laconclusiónde que la idea de «raza» no explica nada. Ahora se operaconetnias, etnicidades o identidades étnicas. ¿Tiene estomásfundamento científico que aquello? Un examen crítico delconcepto de «etnia», a través de sus diferentesteorizaciones(esencialistas, objetivistas y subjetivistas), demuestra que no cabeningunadescripción coherente. El estudio sistemático y evolutivode las diferencias socioculturales apunta a la conclusión de queno existen etnias, exactamente de la misma manera que, según lagenética de las poblaciones, no es científico sinoilusorioel concepto de raza.

ABSTRACT
The obsessionfor«identity» has contaminated all discourse, making adoubtful treatment of the facts and giving rise to the problem ofsimilarities and differences. The key can only be understoodappropriately from an evolutionary approach. Formerly races-types werefixed, until population genetics came to the conclusion that the ideaof «race» doesn't explain anything. Now ethnicities orethnic identities are the important terms. Do these terms have a morescientific foundation than the others? A critical examination of theconcept of «ethnicity», through its different theories(essentialist, objectivist and subjectivist), demonstrates that itdoesn't fit any coherent description. The systematic and evolutionarystudy of sociocultural differences points towards the conclusion thatethnicity does not exist, exactly in the same way that the concept ofrace is not a scientific concept, but an illusionary one.


PALABRASCLAVE | KEYWORDS
identidad |etnicidad |etnomanía | diferencia cultural | evolución cultural | identity |ethnicity | ethnomania | cultural difference | culturalevolution


El fariseo orabaasí:«Oh Dios, te doy gracias
porque no soy como elrestode los hombres».
Evangelio de Lucas 18,10

1. Laidentidad,una idea confusa

Es una de laspalabras que más fortunaha hecho en los últimos decenios, en el discurso de las cienciassociales y humanas, en la retórica de los políticos y enlas creencias de las gentes que se han mirado en ella como en un espejonarcisista: la identidad. Todo el mundo la busca y cree encontrarla,piensahaberla perdido y poder recuperarla. Pero, sobre todo, se cree en laexistenciade la identidad, una identidad propia frente a las otras ajenas. Enellase cifra el fundamento de derechos, reivindicaciones o agravios, lapretendidalegitimidad de aspiraciones, privilegios, coerciones y violenciasejercidas.¿De qué identidad se habla? Normalmente se ciñe auna restringida gama de calificativos, tales como la identidad racial,la identidad genética, la identidad étnica, la identidadcultural, la identidad popular, la identidad nacional, etcétera.

Ya el uso deltérmino ha introducidocierta viciosidad en su significado lexicográfico. Pues la«identidad»,aparte de referirse a la cualidad de lo idéntico (que se diceaquelloque es lo mismo que otra cosa con la que se compara), alude al«hechode ser una persona o cosa la misma que se supone o se busca»; oenmatemática, la «igualdad que se verifica siempre, seacualquierael valor de la variable». De modo que la identidad puedesignificarla permanencia de las características de uno mismo conrelacióna sí mismo (suponemos que en momentos diferentes del tiempo); obien la exacta semejanza de las características de unoconrespecto a las de otro (en tiempos o espacios diferentes). Enelprimer caso, la identidad de uno es lo que lo constituye a diferenciadeotros, es decir, lo que otros no comparten; en el segundo, es lo quetienenen común uno y otro u otros, o sea, lo que todos comparten. Estaambivalencia semántica ha escorado con toda inercia hacia laprimeraacepción; aunque, al predicarse generalmente de colectivos,conservaalgo del sentido de lo compartido, pero recalcando lo compartido por unconjunto en contraposición a todos los otros conjuntos, quesupuestamenteno lo comparten.

Doble error delpensamiento: Llamar «identidad»a lo que algo es en sí mismo (como si fuera una esenciainmutable,absoluta y eterna). O bien llamar «identidad» a unascuantasdiferencias con respecto a lo demás. La caracterizacióndecada cosa, sistema, sociedad, cultura, consta a la vez de semejanzas yde diferencias constatables en un momento dado o durante un tiempo. Dela identidad propia de algo forman parte los componentes, loscaracteresestructurales y las propiedades que lo asemejan con otros, tanto comolosque lo diferencian de otros. Pero hay quienes hablan de«identidad»(por ejemplo, la identidad extremeña), queriendo referirse a lodiferencial; mientras hay quienes hablan de «hechodiferencial»para referirse a una identidad que, en rigor, hace caso omiso de todolocompartido hacia fuera y, por supuesto, de lo no compartido haciadentro.Parece una aberración definir la identidad de lo que algo es poralgún rasgo que lo diferencia: ¿O no forma parte de suidentidadel 99% de rasgos semejantes, compartidos? La identidad concreta constade lo semejante y lo diferente. Máxime cuando las diferenciassuelenser más cambiantes que las semejanzas. En la idea de identidadsedan aspectos particulares, en último términoindividualesy singulares, aspectos comunes a más de un grupo yaspectos universaleso comunes a todos los grupos de la misma especie.

La identidad deunsistema alude a sus propiedadesestructurales y funcionales como tal sistema, y siempre que existanrealmentey no sean ilusorias. Tales propiedades pueden, o no, serlo de suscomponentesindividuales o sectoriales. En algunos casos, como cuando se trata deunsistema formado por una sociedad humana, hay propiedadespredeterminadasjunto a otras de libre pertenencia o apropiación individual,propiedadesglobales y sectoriales respecto al todo social. La idea de identidad seusa a veces como sinécdoque (tomar la parte por el todo)engañosa,pues sobreentiende que, puesto que hay coincidencia en una determinadacaracterística, se ha de coincidir también colectivamenteen las demás, cosa incierta. Hay ocasiones en que el mismocarácteridentitario invocado es falso, es decir, no lo comparten en absolutotodoslos sectores (e individuos) de la población.

En un universoen elque hasta «laspartículas elementales suelen ser inestables» (Prigogine1983:155), el concepto de «identidad» no puede ser sinoproblemático.Y la identidad concreta en cualquier plano, físico,biológicoy antroposocial, producto de una evolución temporal, es siempreuna abstracción sincrónica, resultado de diferenciacionespasadas y sujeta a ulteriores diferenciaciones. La pretensión deesencialidad intrínseca y sempiterna (a veces disfrazada conropajehistoricista) no pasa de ser una ilusión ignorante o interesada,mendaz, necesariamente falta de correspondencia con lascaracterísticasreales de lo identificado. Carece de sentido concebir una identidadsustancial,cuando sólo hay conjuntos múltiples de elementos queformansíntesis, más o menos establemente organizadas, cuyo serdepende de las interacciones. A las hipóstasis identitariassólole dan su aparente solidez en el pensamiento las emociones oscuras,suscitadaspor falsas ideas, y los intereses reales o imaginarios que creenencontrarun firme fundamento en la cosificación de la presunta identidadque ellos mismos auspician.

El enfoque de la«identidad» presuponegeneralmente una epistemología esencialista: que las cosas sonloque son y que cada cosa la constituye un conjunto determinado decaracterísticasfijas. Se entrevén resabios parmenídeos... Pierde devistael movimiento de lo real, el permanente estado de proceso. Daprimacíaa una estructura invariante (siendo así que la invariancia, auncuando es verdadera, corresponde irremisiblemente a una duraciónlimitada), cegándose para verla como resultado de unagénesis,como estado transitorio. La lente identitaria fija la foto, toma loinevitablementeprovisional por definitivo, lo temporal por eterno, lo contingente pornecesario. Interpreta un resultado en el que interviene el azar comoefectode una ley determinista. No capta ni de dónde viene niadóndeva eso que le parece «idéntico» o identificador.Ignoraque siempre procede de algo diferente y se encamina a algo diferente,enintercambio incesante con otros.

El modo deabordarel problema de las semejanzasy diferencias debe relacionarse con la oposición entre lateoríadel fijismo linneano y la teoría del evolucionismo darwiniano.Losapologetas de las identidades étnicas aún no handescubiertoa Darwin. Su idea es en el fondo la de una identidad esencializada, unaidealización, una ilusión, ignorante del carácterevolutivo de la naturaleza y de la naturaleza de la historia.

En ciertoscasos, lamanía de la «identidad»lo que delata es la manía por la diferencia, por ser diferentedelos demás a toda costa (en el fondo, la negativa a reconocer loque uno es). Y a fuerza de empujar adelante semejante pretensiónde no ser como los otros, se puede acabar finalmenteconsiguiéndolo:uno se vuelve inhumano y asesina a semejantes inocentes.

Es muy probablequelos antropólogosde la «identidad» se hayan extraviado del caminocientífico,al situar el nivel de descripción en unos cuantos rasgossensibles,simbólicos, emblemáticos, «identitarios», quetienen un marcado carácter arbitrario, ideológico,apariencial,engañoso con respecto a la realidad sociocultural realmenteexistente.Resulta irónico que, después de haber criticado conrazónla «comunidad» como objeto de estudio etnológico,hayanderivado hacia ese objeto vaporoso y volátil que han convenidoenllamar «identidad».

2. La razacomoseudoidentidad biológica

Hoy no estáde moda hablar de la «raza»,al menos para referirse a la propia, aunque sí para aludir a laajena: llaman raza a los gitanos, los negros, los magrebíes...;no tanto a los paisanos, no vayamos a parecer nazis. Pero no faltanquienespersisten contracorriente en reivindicar prototipos raciales, con susmedidasantropométricas, destacando el índice cefálico, elgrupo sanguíneo e incluso datos recentísimos sobrealgunasfrecuencias génicas. Semejante necedad, si contrastara suspretensionesllegaría indefectiblemente a la conclusión de quecualquierperfil raciológico es comparable a cualquier otro y que losancestrosde cualquier «raza» se remontan por igual a losmismísimosorígenes del Homo sapiens. Esto constituye una verdadcientíficaabsolutamente incontestable.

La palabra«raza» goza de plenavigencia, lamentablemente, en nuestro lenguaje ordinario y en losmediosmasivos. La idea de raza tiene tanta solera que la antropologíafísica nació como ciencia bajo un paradigma quehacíade ella su concepto fundamental. Desde el siglo XVIII hasta mitad delXX,se intentó clasificar las razas, utilizando rasgos observables ymediciones antropométricas, y hasta análisisfisiológicos,discriminando tipos raciales, proponiendo clasificaciones que ibandesdeel ámbito continental al local. Sin embargo, en el planocientífico,el evolucionismo y la genética de las poblaciones se hanencargadode ir minando los supuestos teóricos de la raciología,hastatal punto que, desde mitad de los años setenta, el concepto de«raza»ha sido expulsado de la antropología física ybiológica,porque no es un concepto científico ni sirve para explicar nada.No es válida ninguna tipología racial, si atendemos alanálisisgenético de los individuos que componen las poblaciones humanasreales. Según demuestra la genética de las poblaciones,encada población humana sólo cabe establecer perfilesestadísticosreferidos a rasgos genéticos determinados, que además sonvariables a lo largo del tiempo. Esos genes no se transmiten comoconjuntosbloqueados sino que pueden hacerlo de forma separada yrecombinándose.Están sometidos a una deriva interna a lo largo de lasgeneraciones.Sufren mutaciones a un ritmo regular. Y se producen, y se han producidosiempre durante milenios, intercambios o flujos genéticos entreunas poblaciones y otras de nuestra especie, que por lo demás,tieneun único origen común.

No se trata denegarlas diferencias. Siemprepartimos incontestablemente del reconocimiento empírico de queexistendiferencias biológicas, visibles e invisibles. Lacuestiónestriba en cómo han de entenderse, cómo explicarlas.

El diccionariode laReal Academia recogela visión obsoleta, al describir las razas humanas como«gruposde seres humanos que por el color de su piel y otros caracteres sedistinguenen raza blanca, amarilla, cobriza y negra».

Numerosos librosdebiología pretendenincorporar los nuevos conocimientos a la mentalidad anticuada, cuandoexponenque una raza se define por un conjunto de caracteres hereditarios quedistinguena un grupo de otro, o que una raza equivale a una población delaespecie que posee un alelotipo distinto del que poseen otraspoblaciones.No caen en la cuenta de que ningún grupo (es decir, todos susmiembros)tiene un conjunto de caracteres hereditario homogeneo. Y el concepto depoblación, que de algún modo ha reemplazado al de raza,esteóricamente incompatible con él. Ya no se estudia elarquetiporacial fijo (en realidad, reducido a unas decenas de rasgosfenoménicos),al que deberían ajustarse los individuos del grupo, sino la poblaciónque presenta (incluso en las llamadas poblaciones aborígenes)unavariabilidad genética interna mucho mayor que la que,estadísticamente,se da entre una población y otra.

No basta dar unavisión abierta delpresunto concepto de raza, como hace Arturo Valls, al definirlarefinadamentecomo «taxón subespecífico de Homo sapiensconstituidopor un conjunto de grupos mendelianos que integran sistemasbiológicamenteabiertos, móviles, autodomesticables, evolutivamenteepisódicosy que comparten ciertos alelos a frecuencias distintas de las de otrosgrupos similares, debiendo sus rasgos ecotípicos a presionesselectivasque actúan en los ambientes característicos de los biomasque ocupan y del género de vida que practican» (Diccionariotemático de antropología: 518). Con estas trazas yagregandoque hay «mecanismos raciogenéticos de fusión»que dificultan hablar de razas en nuestra especie, e incluso que«suinscripción tipológica es imposible, por tratarse desistemasbiológicamente abiertos (pág. 519), parece incongruenteseguirafirmando que «las razas humanas son entidades biológicasreales». Lo más lógico es proclamar laabolicióndel concepto, como otros han hecho, y enseñar que lo quehabíabajo aquella palabra era otra cosa, para cuyo conocimiento estorba. Ylomás exacto, decir sin ambajes que en Homo sapiens no hayningún taxón subespecífico como ocurre en otras, osea, que en nuestra especie no hay razas. Un chihuahua blanco y unchihuahuanegro no son de distinta raza. No hay razas humanas, lo mismo que elSolno da vueltas alrededor de la Tierra, por mucho que nos lo parezca. Hayque explicarlo de otra forma: La apariencia de las razas la produce elmovimiento de la cultura.

Se ha sostenidolatesis zoológicade que se puede postular la existencia de una raza cuando al menos un75%de los individuos de una población geográfica compartenunconjunto de rasgos. ¿Aunque difieran entre sí en otrosmuchosconjuntos de rasgos, algunos de ellos compartidos de hecho conindividuosde otras poblaciones geográficas? ¿Cómo establecerel límite geográfico? ¿Cómo escoger el«conjuntode rasgos», entre decenas de miles posibles? ¿Noseríamás objetivo tener el cuenta el genoma en su totalidad? Si optamospor esto último, las barreras entre las poblaciones sedesvanecen.Si atendemos a las diferencias genotípicas, reencontraremos ladificultadde que, según cuál sea el rasgo o conjunto de rasgosgenéticosque adoptemos como referencia, resultará que lo comparte unconjuntode individuos diferente y transversal a las poblaciones; de tal maneraque variando la combinatoria obtendríamos un númeroinfinitode «razas», integradas por individuos que seríandistintospara cada marcador genético considerado, y cada uno de esosindividuospertenecería a una pluralidad de razas distintas. Y dado que lasdiferencias verdaderas e irreductibles son entre los individuos, acasoacabaríamos postulando que cada uno constituye una razaparticular...

Los estudioscomparativos son muy interesantespara rastrear la filogénesis, reconstruir los procesos dediferenciación,analizar la diversidad humana. Pero no avalan ninguna idea de raza comotipo clasificatorio claro, ni siquiera a gran escala para las llamadasrazas continentales (los cuatro grandes troncos: caucasoide, negroide,mongoloide, australoide). Así, por ejemplo, al medirsimilaridadesy distancias entre esas poblaciones, se llega a resultadoscontradictorios:Según criterios morfológicos, forman un conjunto losmongoloidesy caucasoides, y otro distinto los negroides y australoides. Perosiguiendocriterios inmunogenéticos, se asemejan los caucasoides ynegroidespor un lado, y por otro los australoides y mongoloides.

El desarrollo delagenética de laspoblaciones ha terminado hace tiempo por disolver la idea de raza,abandonadaya por la antropología física. Actualmente, lo que seestudiaes 1) el genoma humano, común a toda la especie Homosapiens,y 2) la diversidad o polimorfismos genéticos de laespecie,distribuidos por las distintas poblaciones, mensurables entérminosde perfiles estadísticos, variables a lo largo del tiempo. Noexistenprototipos fijos, o patrones raciales, que nos permitan clasificar alosindividuos en tal o cual raza (pues, dotados de unos treinta mil ocuarenta mil genes,cadauno de ellos con una variabilidad que puede afectar a numerosos alelos,las coincidencias genéticas de un individuo con otrosdependeráde qué conjunto de rasgos, entre otros muchos miles, escojamosarbitrariamentepara establecer la comparación). En resumen:

- Todos lossereshumanos pertenecemos a unasola y única especie, procedente de África, expandida porel Viejo Mundo hace 70.000 años, y en el Nuevo hace 40.000.

- Todas lasdiferencias genéticas poblacionalesson relativamente recientes, resultado de adaptaciones a lascondicionesecosistémicas y climáticas; de la deriva genéticaespontánea y la recombinación; y del mestizaje entrepoblaciones.Nunca ha habido «razas puras». (Las poblaciones llamadas«blancas»resultaron de mezclas entre poblaciones asiáticas y africanas-cfr.Cavalli-Sforza-.)

- No es posibletrazar fronteras genéticasnetas entre unas poblaciones humanas y otras.

- Lascaracterísticas genéticasdominantes en una población no se transmiten como un todocompacto,sino como rasgos sueltos, recombinables, que pueden pasar de unapoblacióna otra. (No hay ningún conjunto estable ni cerrado de rasgosraciales:no hay «razas» como prototipos permanentes.)

- Toda lavariabilidad genética delos individuos humanos pertenece a la riqueza del genoma humano, propiode la especie. Un individuo de una población puede compartirmásrasgos genéticos con individuos de otras poblaciones que conotrosindividuos de la suya propia. La variabilidad génicaintrapoblacionalalcanza el 85% de los rasgos; mientras que la variabilidad entre unapoblacióny otra sólo alcanza el 15%.

Pues bien, siestoocurre con la «identidadgenética», que está determinada y cerrada para cadaindividuo desde la formación del cigoto, ¿quépensarde la «identidad étnica», dado que los rasgos que sele atribuyen evolucionan de manera mucho más rápida y quepueden modificarse incluso a lo largo de la vida individual?

El racismo seexpresa en el menosprecio deotras «razas», pero fundamentalmente radica en la ideamismade raza, en la creencia de que hay razas como prototipos biendelimitadosbiológicamente, sea por el fenotipo o por el genotipo. Racistaloes en germen todo aquel que cree que hay razas. Acaso hoy el etnicismonosea sino un nuevo rostro del racismo.

3. La etniacomoseudoidentidad (bio)cultural

En losúltimos veinticinco años,los humanos ya no nos clasificamos en razas sino conforme a unareferenciaalgo menos burda, cuya idea estelar viene siendo la«identidad».En el mercado teórico de las ciencias sociales se advierte unacrecienteoferta para que todo el mundo adquiera su «identidadétnica»,«identidad cultural», «identidad nacional», aveceshecha a la medida. Filones para la investigación y laobtenciónde subvenciones. Causas irredentas para la movilizaciónideológica,política y social de cualesquiera indígenas. La alquimiaetnológica de estos lustros no cesa de destilar elixires de laidentidadque, sobre todo, los partidos nacionalistas administran a la credulidadde sus seguidores. Cada «pueblo» tiende a investirse de unaidentidad única y privilegiada que lo hace sentirse«puebloelegido», destinado a la prepotencia, sea porque la ejerce, seaporquedesde su postración aspira a ella. Consista en lo que consista,la «identidad» colectiva se concibe, vive y sacraliza comopropiedad privada de un pueblo, inalienable y excluyente; su metasociopolíticareivindica ser una «nación», lo queimplicaríael derecho a organizar un estado nacional soberano, si bien predican eldogma de poseer una «identidad nacional» previa a laformacióndel estado. Con lo cual el efecto preexistiría a la causa,puestoque estrictamente hablando (desde el punto de vistaantropológicoy jurídico-político) una sociedad se instituye ennaciónal constituirse en estado nacional. Como, en realidad, una identidadnacionalsin estado está huérfana de fundamento, entonces laracionalizaciónjustificativa escarba en un estrato más profundo, a veceshistórico,generalmente mítico, en ocasiones con pretensionesantropológicas:Se especula que la identidad nacional tiene su cimiento en una«identidadétnica». Como la gente no sabe muy bien qué es esode una etnia, y menos aún esa abstracción de la«etnicidad»,tales palabrejas ocupan el vacío de concepto y realidad, comocoartadade un ser histórico dotado de personalidad propia, preexistenteantes de los tiempos modernos y acaso esencia eterna, alma del pueblo,pueblo predestinado.

El mecanismofunciona a veces a escala microsocial.Ocurrió en una localidad de poco más de mil habitantes.Envísperas de las elecciones municipales, una mañanaaparecenlas calles sembradas con unas octavillas sin firma, en las que se lee:«Los vecinos honrados y pacíficos de [Este Pueblo] estamoshartos de agresiones, chantajes, insultos, difamaciones, mentiras,corrupciones,calumnias, ilegalidades, infundios, amenazas. ¡¡Basta ya!!Volved a [Vuestro Pueblo]». Aunque el panfleto es anónimo,allí todo el mundo sabe de dónde procede: de lacandidaturadel PP, que había perdido la mayoría en las anterioreseleccionesy preveía una nueva derrota frente a la otra candidaturapresentada,la del PSOE.

Analicemos. Enlugarde un debate abierto,se acude a una denuncia anónima, cuya autoría se atribuye(falsamente, claro está) a los «vecinos honrados ypacíficos»,con lo que el grupúsculo anónimo suplanta el lugar de lamayoría vecinal y usurpa el lugar ético de la honradez yel pacifismo. Se autodenominan «honrados» en el acto mismopor el que practican un anonimato cobarde y una suplantaciónmendaz;y «pacíficos» en el acto de difamar y agredirsimbólicamentea los adversarios políticos. La perversión del lenguajeseusa como arma política, corrompiendo la actituddemocrática,que ha de basarse en el diálogo público. Laretahílade pretendidos abusos de los que están «hartos» noesmás que una sarta de acusaciones sin base y vacías decontenidopara cualquiera que haya seguido durante los cuatro años lapolíticamunicipal. Es más, en su conjunto lo que califican es másbien lo que están haciendo aquellos que han redactado ydifundidoel panfleto. Opera ahí un mecanismo proyectivo, que ve en elotromás la propia sombra que la realidad ajena. El únicohechocierto es el que va implícito en la conminación de laúltimafrase: «Volved a [Vuestro Pueblo]». Y es que el alcalde,querepite como candidato, no es nacido en Este Pueblo (aunque llevatreintay cinco años viviendo en él), sino que nació enOtroPueblo, distante unos quince kilómetros. Este solo datodiferenciales instrumentalizado por los sedicentes «vecinos honrados ypacíficos»para inventar una especie de oposición«étnica»(los nacidos en la localidad, sólo ellos verdaderamente vecinos,frente a los no nacidos allí) y para reclamar la «purezaétnica»como condición para ser alcalde del pueblo, sin pararse apensar,en su ceguera, que más de la mitad de los ciudadanos de lalocalidadson vecinos nuevos, venidos de fuera durante el último decenio aestablecer allí su residencia. ¿Pretenden acaso que lamayoríadel pueblo se marche? Seguramente no. Pero hacen juego sucio con unadiferenciaen sí irrelevante, a fin de obtener beneficio político,sicuela. Queda bien claro el juego de la «identidad» comoimpostura.

3.1. Elinventode la «etnia»

Entendámonos.Etimológicamentela palabra etnia no significa más que raza o pueblo. Eldiccionariode la Real Academia Española dice que es una «comunidadhumanadefinida por afinidades raciales, lingüísticas, culturales,etc.». En la antropología, el término«etnia»no fue al principio más que un eufemismo, introducido parasustituira la palabra «tribu», que designa las sociedades con unaorganizaciónpolítica que no ha alcanzado la forma de estado, y cuyosprincipiosorganizativos se basan fundamentalmente en el parentesco.

La definiciónde su contenido se hacolumpiado desde la reducción a términos de determinismobiológico, a la articulación de unos rasgosbiológicoscon unos rasgos socioculturales concretos, o, en enfoques másactuales,a una configuración en términos exclusivamenteculturales,escorando el sentido de lo cultural hacia lo superestructural y mental.Al principio, el concepto de etnia venía a situarse entre laideade raza y la de cultura, y se definía como incluyendo a la parunacombinación de rasgos biológicos y rasgos culturales:

La etnia (vecesconfundida con latribu) califica la mayor unidad tradicional de conciencia de especie,enel punto de encuentro de lo biológico, lo social y lo cultural:comunidad lingüística y religiosa, relativa unidadterritorial,tradición mítico-histórica (descendencia bilaterala partir de un antepasado real o imaginario), tipo común deorganizacióndel espacio. Sin embargo, puede ocurrir que falten varios de loscaracteresenumerados (Akoun 1974: 169-170).

Los posterioresrefinamientos llevaron a aplicarel término «etnia» a las naciones europeas actuales,o a alguna de sus minorías socioculturales, y tambiéneliminarondel concepto los componentes biológicos para quedarsesólocon los culturales. En este sentido modernizante, se denomina«etnia»a ciertos grupos diferenciados culturalmente en la sociedad compleja.Perola cuestión clave está en cuáles son los rasgosdiferencialesacreedores de tal denominación. La respuesta conservadorala reserva a grupos que estuvieron bajo la estructura e influencia deotrosestados, o para grupos inmigrantes de otras culturas, aunque llevenlargotiempo integrados en la estructura de un estado moderno. Lainterpretación críticaatiende a la distribución social de la diversidad cultural y asuconstante evolución histórica (pero aquí la«etnia»apenas puede acotarse y acaba disolviéndose). En todo caso,dependede la selección de rasgos que serían pertinentes paraidentificarla.Si vale cualquier conjunto de rasgos compartidos, cabe unateoríasegún la cual toda clase de agrupaciónconstituiríauna «etnia» (un club deportivo, una orden religiosa, unacárcel,un partido político); es la interpretación confusiva.

La tendenciaculturalista no ha hecho desaparecerdel todo el resabio racial, como puede comprobarse en estadefiniciónde los años noventa:

La etnia es unalectura determinaday colectiva de específicos rasgos físico-culturales y unmomento que posibilita la comunicación de un colectivo oagregadosocial, especialmente en el interior de otro mayor (Azcona 1993: 257).

Tras lasprecedentesconsideraciones, cabe pensarque se ha desvirtuado tanto el significado que la palabra«etnia»se ha vuelto poco útil: pues recubre y embrolla principios deorganizaciónpolítica heterogéneos, y porque, una vez suprimida porsusprincipales teóricos la articulación bio-cultural, noañadenada al concepto de «cultura» o al de«minoría»,ya de antiguo consolidados.

Encontramosmúltiples maneras de concebirqué es una «etnia» o una «etnicidad».(Recordemosde paso que el término «etnicidad» no es sino uncalcodel inglés ethnicity, que equivale simplemente a etnia;aunqueen español se le da a veces el sentido del conjunto decualidadesque caracterizan una etnia o la hacen ser lo que es,asemejándoseentonces a la idea de «identidad étnica».)Distinguirétres teorías, según que su concepción asigne ellugarprivilegiado a la esencialidad, la objetividad, o la subjetividadconstitutivade lo étnico. La cuarta teoría será la que rechazala cientificidad del concepto de etnia.

3.2. Lateoría esencialista

Interpretan laetniacomo una esenciao mediante otros rodeos que vienen a decir lo mismo. La mayor parte delos usos, incluso entre políticos y estudiosos, esencializan laidea de etnia o etnicidad. La sustantivizan como un todo de notasconstitutivasfundamentalmente estáticas, permanentes a lo largo del tiempo,comosi ellas instituyeran la verdadera temporalidad, al margen de lahistoria,inmunes ante el devenir. Como si fuera un alma colectiva, como un«espíritudel pueblo» patrimonio natural, exclusivo, eterno, de ese«pueblo».Se presupone que cada grupo étnico es esencialmente únicopor sus polimorfismos genéticos y culturales, como un pueblosingularcon un destino divino, como un «pueblo elegido». Lapoblaciónreal puede llegar a alejarse de su genio innato, auténtico yprivativo,pero para eso están los caudillos iluminados que clamaránpor la recuperación, la apropiación salvífica delapropia esencia. Llaman a la lucha por el poder: la violencia saca de lalámpara al genio, sembrando el terror entre todos los que no seencorseten en la «identidad étnica». Y es que laesencia/identidadcolectiva no compatibiliza con la cultura libre ni con la libertadindividual.

La diversidadcultural es históricamenteevidente. Pero cuando se cierra un conjunto diferencial, afirmando suesencialidad,están escamoteando la historia de su formación y suhistoricidadcon respecto a la historia externa y profana donde pululan todas lasdemásdiferencias. Otras veces, cuando afirman la historicidad de su origen,mitificando alguna hazaña fundacional remota, no deberíanolvidar la índole inesencial y transitoria de todo acontecer. Lainvocación del proceso formativo de una «etnia» sequedaen un recurso retórico vacío, en la medida en que seinstrumentalizacomo refuerzo para un resultado cuya esencialidad pretenden sustraer ala contingencia evolutiva, cosa que sólo cabe fingirengañosamente.Por el contrario, la historia desmitificada de una«identidad»lo que demuestra es la intrínseca historicidad que laconstituye,y la apertura de sus logros a ulteriores evoluciones y a ladisponibilidadpor parte de la especie.

Los quefantaseancon la conjetura de unaidentidad «étnica» (o cultural) siempreidénticaa sí misma, postulan el perfecto equilibrio e inalterabilidad desus constituyentes que, por ello, deben estar a salvo de interaccionesque vendrían a corromper su esencia. La «etnicidad»concebida esencialmente finge ser inerte con respecto a otrasetnicidadesy con respecto al nivel global de la cultura. La conciben de algunamaneracomo inmortal, autosuficiente, como si, una vez formado un sistemaculturalpudiera mantenerse aislado y sin necesidad de intercambios con elexterior(cuando, de hecho, sólo el flujo de intercambios explica sugénesisy es capaz de mantenerlo vivo).

Los muñidoresde esencias étnicas,lo mismo que los puritanos de la etnicidad que se proponen salvar elalmadel pueblo, no se detienen ante la minucia de los hechosempíricos,a la hora de excogitar sus idealizaciones, a veces delirantes. En elesencialismono hay diferencia entre un Blas Infante y un Sabino Arana, y nosési hay algún etnicista que escape de él. Losetnólatrasllegan al punto de definir la identidad colectiva justo por rasgos queno se poseen; por ejemplo: el factor Rh negativo alude a un gruposanguíneoque no tiene la mayoría de la población vasca; una partemayoritaria (55%) de los ciudadanos vascos no tienen ningúnapellidovasco, y la lengua éuscara no la hablan la mayoría deellos.Pero, si ya es imposible delimitar biológicamente a un pueblohomogéneo(al carecer de base científica la idea de raza), pretenderdefinirsu «alma» (su supuesta identidad«étnica»exclusiva e inconfundible) no parece ser otra cosa que ir a la caza defantasmas. Sólo cabe captarla como fantasía,ilusión,mito y metafísica antihistórica. Pues carece deexistenciamás allá de una apariencia apoyada en un empirismo miopey más acá de lo imaginario, como teatro de guiñolmanejado casi siempre por intereses sin identidad públicamenteconfesable.

3.3. Lateoría objetivista

Los intentosteóricos tal vez másserios han pretendido ligar la etnia al núcleo del sistemasocial,tratando de definirla en términos de objetividadsociocultural.Así Isidoro Moreno afirma que la etnicidad se halla en un«nivelestructural» fundamental de la sociedad. Rechaza las posicionesesencialistasque la conciben como conjunto cerrado de marcadores culturales; perotambiénimpugna las posiciones que llama «reduccionistas», queconsideranla etnicidad como una dimensión de la lucha de clases,sustrayéndoleasí una entidad propia. Escribe que la etnicidad «existecuandoun colectivo humano posee un conjunto de características en loeconómicoy/o institucional y/o en lo cultural, que marcan diferenciassignificativas,tanto objetivas como subjetivas, respecto a otros gruposétnicos»(Moreno 1991: 611). Ese conjunto de características sonresultadode un proceso histórico específico, añade. Noobstante,permanece en pie el problema de cómo categorizar esacaracterización,cómo establecer la marca de las diferencias que se toman comosignificativas.

La cuestiónes dónde estáel límite de, y entre, las «diferenciassignificativas»,puesto que no son autoevidentes: ¿Cuáles y cuántashan de ser las diferencias para tenerlas por significativas?¿Porqué no fijarlas en un nivel más amplio, o en un nivelmásparticularizado? (Pues difiere un granadino de un gaditano, unalavésde un bilbaíno, si damos por buenos los estereotipos.)¿Quiénestablece, y en virtud de qué criterio, que tal diferencia debeconsiderarse significativa y constituir un «hechodiferencial»o un «marcador de identidad étnica»? En principio,loque daría mayor solidez es la pretensión de objetividad,en el sentido de cimentar las diferencias en las infraestructuras y lasestructuras sociales. Pero, a la postre podría conducir aconcluir,por ejemplo, que incluso una misma sociedad constituye una etniadiferenteen una época y en otra, con tal que se hayan producidosuficientescambios económicos e institucionales que marquen diferenciasobjetivamentesignificativas (cosa que a veces ha ocurrido en pocos decenios).

Cualquierdiferenciaes susceptible de cargarsede significación. Y si no hubiera diferencias, siempre cabeinventarlaspara significar. La clave está sin duda en analizar elsignificadoque se intenta imponer... Pero ninguna sociedad es jamáshomogénea.De lo que se trata es de saber qué diferencias se consideran«normales» y cuáles no, para mediante esemecanismosignificar una alteridad sociocultural (supuestamente otra«etnia»,en el asunto que nos ocupa). Ahora bien, se puede argüir que, sitodaslas diferencias socioculturales se integraran como parte de lanormalidadreconocida, se desdibujarían las presuntas etnias, al noconsiderarse«significativas» tales diferencias. Considerarlas, encambio,significa discernir para discriminar, para estratificar en elendogrupo,para excluir o hegemonizar al exogrupo, todo en función de una«norma»configurada por los marcadores de la mismidad étnica. Igualmentecabe añadir que utilizar el enfoque diferencialista parareivindicarla liberación de los oprimidos tampoco basta para canonizar elpretendidoconcepto de etnia: Tal reivindicación sólo tiene sentidohacerla en nombre de la igualdad de todos y no en nombre del privilegiode un sector.

3.4. Lateoría subjetivista

La existencia deunaetnia pende, en esteenfoque, de la subjetividad social de sus miembros y de la desusvecinos. Cuando no puede demostrarse la hipótesis de loscriteriosobjetivos de etnicidad, aún queda invocar otra que recurre acriteriossubjetivos, a las creencias conscientes o inconscientes de la gente,quese siente distinta o mira a otros como extraños, sin que seopongael menor reparo al hecho de hacer pasar un irracionalismo como causaexplicativa.La arbitrariedad en la selección de los factores objetivosdiferencialesdelata ya un subjetivismo inequívoco, y parece que no hay mododeescapar a ella, salvo que se haga el censo de la totalidad de losrasgosculturales en cada sociedad y se establezca su cartografíacomúny su diversidad estadística concreta: para lo que necesitamosuna cultúricade las poblaciones. Tal vez por su ausencia, los etnólogos de laetnicidad han propendido a definirla en términos subjetivos, esdecir, de conciencia y sentimiento de las gentes:

El términogrupo étnicohace referencia al conjunto de individuos que comparten una cultura,algunosde cuyos rasgos son utilizados como signos diacríticos depertenenciay adscripción, y cuyos miembros se sienten unidos mediante unaconscienciade singularidad históricamente generada (Zamora 1993: 347).

Del másconspicuo a los más modestosepígonos alardean de haber dado con el secreto de la etnicidad:su quintaesencia radica en la «conciencia de pertenencia» auna comunidad étnica singular, o bien en el «sentimientodepertenencia» y adscripción, con lo que las raícessehunden en lo inconsciente. Como el sentimiento no puede ser totalmenteciego, puesto que al menos hay que tener idea de que se estáafectadopor un sentir y alguna idea de a qué singularidad se pertenece,esta segunda definición no es más que una versiónpoco ilustrada de la primera, o quizá tan sólo su ecoemocional.No es admisible esa superstición que ve el sentimiento como sifueraun dato originario, genuino y primordial; al contrario, es siempre algoderivado de la endoculturación y el aprendizaje.

La identidadétnica, dicen, estribaen la «conciencia de identidad». Además nos aclaranque no hay que confundir el grupo étnico con la comunidad quehabitaun territorio, sino que se reduce a los que participan de la susodichaconciencia: la etnia se parece entonces más bien a una comunidadde creyentes, pues se instaura por el acto mismo de creerse diferentes,aunque pudiera ocurrir que eso carezca de otro fundamento que no sea lapropia creencia. Así, queda cerrado el círculo: la basedela etnia es la comunidad que está conformada por la creencia enla etnia. (¡Desarrollemos la conciencia y el sentimiento depertenenciaa la especie humana, y seremos todos una sola etnia!)

Lo que se llama«etnia» es unacosa «históricamente generada» -en esto concuerdo-;no es sino una construcción histórica. Pero alcaracterizarlaétnicamente, en lugar de aplicar el concepto de cultura(relacionadocon la diversidad cultural, la evolución cultural y elpatróncultural universal), se incurre en los riesgos de latipificacióny el particularismo.

Por otro lado,eldiscurso identitario nosuele interesarse por los análisis de la realidad socialfáctica,sino que maneja tópicos y símbolos y breviarios deacontecimientospretendidamente históricos, que no pasan de ser historietas parauso de los que ya están identificados con la causa. Al final, sila identidad étnica la conforman sólo las diferencias quelos actores sociales consideran significativas en su concienciasubjetiva,lo más probable será que la llamada etnicidad no pase deser ideología en la peor acepción, es decir, falsapercepciónde la realidad, falseamiento de la complejidad cultural objetiva.Emergecomo subjetividad esquizoide, modelo cartesiano, obcecada en consistiren una conciencia autofundante, vuelta de espaldas a los contenidosconcretosdel sistema antroposocial.

En Sarajevo,antesde la guerra de Bosnia,no había diferencias culturales significativas ni conciencia detal cosa entre serbios, croatas y bosniacos, hasta que lamanipulaciónpolítica intervino y se vieron forzados a cobrar«conciencia»de lo que eran, o escogían ser, a fin de inscribirse en el censoque subordinaba la ciudadanía a la etnicidad; y de ahí segeneró históricamente... un genocidio.

Así pues, laconciencia identitariase confunde fácilmente con una conciencia falsa:representaciónideológica, mítica, patológica. A diferencia delconceptode clase social, que postula fundamentos económicos ypolíticos,el de etnia se refugia en la conciencia de autoadscripción oheteroadscripción,que no raramente puede ser desmentida como falsa conciencia, consólodesvelar las realidades socioculturales que hay debajo. De ahíquelos estudios sobre etnicidad/identidad, si no se insertan en el marcoteóricoadecuado, vengan en socorro de la consolidación de esa falsaconciencia,y acaben estando más al servicio de una ideología que delconocimiento crítico.

Un sinónimode la conciencia de identidadlo constituye la «memoria», que es lo que quedadespuésde hacer balance de los olvidos. Habría que debatir laíndolede esa memoria y la entidad de su sujeto. Toda memoria de por síes reproducible y transmisible sin restricción, en cuantoculturalmentecodificada. Pero, al presentarla como «memoria históricadeun pueblo», se escamotea que al mismo tiempo sea o pueda sermemoriade la humanidad y que no hay objeciones cromosómicas nicerebralespara que cualquier humano se apropie de esa memoria como algosuyo.Parte de la memoria de cualquiera puede ser, por ejemplo, el alfabetofenicio,los números arábigos, las técnicas civilizatoriasde mil culturas, el yoga hindú, la Biblia hebrea, el Popol Vuhmaya,la música de Mozart, los alimentos y condimentos domesticados enÁfrica, Asia o América, los horrores de laInquisición,del holocausto nazi, de Hiroshima, del Gulag, la monstruosidad de lafisiónatómica, la belleza de todas las artes, las variedades del gustoculinario, los avances de la ciencia, el cine norteamericano, Internet,etcétera. La memoria de los antepasados no es la de losantepasadosimaginarios de «mi pueblo», sino de hecho la de losantepasadosde todos. Qué miopía defender que la«memoria»nos vincula con «nuestros abuelos» y con «nuestrosnietos»,como si las herencias culturales no pasaran de unos individuos a otrossin que haya parentesco entre ellos. No existe ningún lazobiogenéticodel que dependa necesariamente esa memoria. El sujeto«pueblo»es un concepto que aparece tan endeble como el de etnia. Laspoblacionesno presentan una continuidad cerrada en su herencia biológica ymucho menos en la transmisión cultural.

Ladistribución espacial o poblacionalde los rasgos culturales, en un tiempo dado, sólo presentafrecuenciasestadísticas variables, en parte adaptativas, en parte casuales,siempre contingentes, en sistemas abiertos a un flujo constante.

Una concienciadepertenencia críticalo será necesariamente de las múltiples pertenenciasreales,que deben ser reconocidas, incluyendo numerosas pertenencias optativas,que pueden ser, o no, asumidas. Tanto los logros como las atrocidadesproducidasen cualquier población humana pueden llegar a configurar nuestramemoria. Lo que ocurre es que la apropiación cultural particularestá restringida por los filtros de la enculturación, lapolítica, el mercado, etc. Pero de ahí no se deduce quedebamosobstaculizarla aún más sacralizando el fantasmaétnico,el espíritu del pueblo, y encima como si fuera unaconclusióncientífica.

3.5. Loscomponentes incoherentes de laetnia/etnicidad

Mi tesissostieneque no existe ningúnconcepto de etnia válidamente generalizable, o sea, queresulteaplicable en todos los casos donde empíricamente se afirma queexisteuna, sea por parte de los etnólogos, de los políticos odelos propios miembros de tal presunta entidad. Y aquí de lo quesetrata no es de constatar el profuso uso y abuso de esa idea, sino deanalizarsi a su contenido le corresponde algo consistente.

Si nos atenemosa lahipótesis de loscriterios de etnicidad objetivos, éstos deben remitir adiferenciasque estriban en «componentes» socioculturales, cuyapresenciadebería determinar concluyentemente la existencia de lascondicionesque hacen de una población humana una «etnia».

Ronald J. L.Bretonapunta dos definicionesde los componentes constitutivos de la etnia, en su libro Las etnias.Primera:

En sentidoestricto, la palabra etniapuede designar a un grupo de individuos pertenecientes a la mismalenguamaterna (Breton 1983: 11).

Y segunda:

En un sentidoamplio, la etnia sedefine como un grupo de individuos unidos por un complejo de caracterescomunes -antropológicos, lingüísticos,político-históricos,etc.- cuya asociación constituye un sistema propio, unaestructuraesencialmente cultural: una cultura. (...) una comunidad unida por unacultura particular (Breton 1983: 12).

De forma untantoparadójica, la obrade Breton lleva a la explícita consecuencia de que todo intentode enfoque científico riguroso del concepto de etnia estádestinado al fracaso. A contrapelo del propósito de su obra,dejahechas todas las demostraciones, con suficientes referenciasetnográficase históricas concretas. Su afirmación de que la«etnia»no tiene una definición estricta parece abogar por unadefiniciónrelativista o difusa, pero capaz de seguir dando juego. No obstante,suspruebas avalan más bien el abandono por ser un instrumentoinservible.La definición estricta en función de la lengua tienetantasexcepciones que no es concluyente.

El criteriollamadoamplio tiene en cuenta,junto con la lengua, otros rasgos compartidos, como la ascendenciacomún,el sistema de parentesco, la religión, las costumbres, elderecho;en suma «una cultura particular». ¿Cuálesdebenestar presentes indefectiblemente para que debamos considerar queallíse da una etnia? Al contrastar los hechos etnológicos,sociológicose históricos, no cabe combinatoria, ni máxima nimínima,que nos despeje la incógnita de dónde hay una etniaperfectamentedeslindable. Breton muestra cómo cualquiera de los criteriosusados(lengua, religión, parentesco, costumbres, derecho) einclusotodos ellos pueden estar ausentes allí donde sepresuponíala existencia de una «etnia». Por tanto, ni la presencia nila ausencia de esos criterios es decisiva, ni en la teoría ni enla práctica. Si el criterio más estricto no resuelvenada,el más amplio resulta aún más problemáticoe inaplicable. Es más que elocuente la declaraciónvergonzantede que hay que examinar «cada grupo étnico» para«establecercuáles son los criterios de identificación másválidosen cada caso» (Breton 1983: 13). Esto es reconocer que no existencriterios generales válidos para definir una etnia. A lo cualhayque añadir el hecho de que las delimitaciones étnicastrazadaspor los expertos científicos, por los ideólogospolíticosy por la voluntad popular son incoherentes entre sí en muchoscasos(Breton 1983: 109).

Continuemosexaminando un poco másalgunos de los principales componentes objetivos de la etnia: lalengua,el parentesco y la religión.

La lenguamaternao vernácula,presentada como el criterio más firme, no concuerda en lamayoríade los casos con las clasificaciones étnicas (pese a que confrecuenciase ha recurrido a la lengua para identificar la «etnia»).Esverdad que se da una correlación, en líneas generales,entrela filogénesis de las lenguas y la expansión de laspoblacioneshumanas, pero «la correlación entre lenguas y genes no esperfecta, porque las conquistas rápidas de las grandes regionespueden ocasionar que unas lenguas sean reemplazadas por otras noemparentadascon ellas» (Cavalli-Sforza 1996: 167). De ser consecuentes conestecriterio, en no pocas situaciones se llegaría a lo absurdo:Segúnel «marcador» lingüístico, sólo sonirlandesesel 2% de los habitantes de la isla, que hablan el gaélicoirlandés;sólo son de la «etnia vasca» el 7% que tienen elvascuencecomo lengua materna; no son de la «etnia catalana» la mitadde la población catalana, mientras que sí loseríanlos valencianos y baleares que hablan dialectos de la lengua catalana;y son de «etnia francesa» todos los francófonos, yde«etnia española» todos los hispanohablantesvernáculosdel mundo; etcétera. A la inversa, «etnias»violentamenteenfrentadas resulta que hablan la misma lengua materna: serbios,croatasy bosnios, también hutus y tutsis, etc. En la humanidad sehablanentre 6.000 y 9.000 lenguas: ¿Serán otras tantas«etnias»?¿Serán el fundamento para otras tantas«naciones»?¿Postularemos su derecho a formar nueve mil estados soberanos?

Por otro lado,unalengua que ya casi nadiehabla ni es socialmente funcional se transporta entonces como losseudogenes(genes inactivos e innecesarios). Acaso, pervirtiendo el sentido de loque es una lengua, un instrumento para comunicarse, la lenguaétnicase resucita para incomunicarse de los demás, para aislarse enunacomunidad aparte en el seno de la propia sociedad, donde ya secompartíauna lengua común con todos los demás.

La cultura estranslingüística.Y las lenguas, traducibles.

El parentesco,la ascendencia comúnde una población, se suele aducir como fundamento natural de unaetnia. De alguna manera, las tribus son las únicas etniasverdaderas,al fundar su organización en el modelo de las relaciones deparentesco.Pero éste es algo de índole más cultural quenatural,algo más que herencia genética compartida (dado queincluye,además de la consanguinidad, los lazos de alianza, afinidad,etc.).Ni siquiera ahí cabe el cierre de un grupo reproductivo, pues elsistema de parentesco incluye necesariamente una ley de exogamia, comopuerta abierta y mecanismo de intercambio con los que no son parientesgenéticos próximos. (La prohibición de losmatrimoniosmixtos nunca logró ser permanente ni absoluta y, con respecto ala evolución de la especie, resulta finalmente algoepisódico.)

La pretensiónde basarse en las relacionesde parentesco sólo tendría sentido en una sociedad tribalorganizada sobre la base de clanes y familias, y no en una sociedaddondelas genealogías ya se han mixturado durante siglos, donde alantepasadocomún no puede ser más que mítico. Porque,¿hastadónde llegan los antepasados? ¿Cuándo se extingueel parentesco? Si somos coherentes en busca del real antepasado humanocomún, deberíamos retroceder en el tiempo hasta la Evamitocondrial,común a toda la especie. Tan pronto se invoca la comunidad de«sangre»(con un sentido larvado de «ganadería»), reapareceelracismo. No hay un genotipo homogéneo en ningunapoblación.Y si probamos con los «antepasados culturales» no tendremosmejor suerte.

En casi todaslasculturas, la genealogíaha gozado de una importancia capital para dispares fines, generalmentecomo fuente de privilegios o derechos. El patronímico, el nombrey los apellidos se utilizan para formar sistemas genealógicos.Losfundadores de patrias étnicas acuden frecuentemente alescrutiniode los apellidos para deslindar a los verdaderos integrantes del«pueblo».Lo sobreentendido está en que el apellido va vinculado a la«sangre»,a la raza; en términos más modernos, se supone que nombraun genotipo transmitido a lo largo de los siglos. ¿Cierto? Muyimprobable,tanto más cuanto más tiempo haya pasado. Lo quesignifiqueun apellido puede engañar en proporcióngeométrica.En el sistema común en España, el recién nacidorecibe,además de un nombre arbitrario, dos apellidos: como primero elprimerapellido del padre, y como segundo el primer apellido de la madre.Éste,por tanto, se perderá a la siguiente generación.

Acaece, pues, undecreciente significado delos apellidos en lo que respecta a su relación con la herenciagenética(mitad de cada uno de los padres, un cuarto de cada uno de los abuelos,etc.). Los apellidos de los progenitores se eliminan el 50% en cadageneración.De manera que (prescindiendo ahora de posibles reiteraciones del mismoapellido) un individuo cualquiera ostenta 2 apellidos de los 4 quesumanlos de sus padres, de los 8 de sus abuelos, de los 16 de susbisabuelos,de los 32 de sus tatarabuelos; y así sucesivamente. Esto lleva aconcluir que, respecto a diez generaciones antes, los apellidos delindividuode referencia representan tan sólo 2 de entre 2.048 de losantepasadosde la generación décima anterior, de los que sin embargoes genéticamente heredero en igual proporción. De modoquesistemáticamente se han eliminado 1.024 apellidos femeninos y1.022apellidos masculinos, y momentáneamente se conservan sólodos: el del abuelo padre del padre y el del abuelo padre de la madre.Estosapellidos pueden ser tan escasamente representativos de la herenciabiológicay de la cultural que apenas sean una etiqueta. Su origen quizánosea tan antiguo en el tiempo histórico, y su relación conunas determinadas características biofísicas ancestralespuede ser tan fortuita que llegue a ser inexistente. Esta vía,envez de consolidar los prejuicios étnicos, aporta más bienla demostración de un mecanismo mediante el cual se disuelvetodasupuesta etnia.

Una persona condosapellidos «indígenas»y otra sin ninguno puede tener el mismo número de antepasadosnativos...basta con que los abuelos de la primera se casaran con forasteras, ylasabuelas de la segunda contrajeran matrimonio con forasteros.

La tradiciónreligiosa se señalacomo otro de los grandes marcadores de identidad étnica. Lashistoriasde las guerras de religión parecerían avalar en parte latesis etnicista, pero, lejos de eso, por otra parte las desmientefehacientemente,poniendo de manifiesto alianzas entre religiones distintas y contiendasen el seno de la misma confesión. La nación alemanaabarcaluteranos y católicos. Ser anglicano o católico no obstapara ser inglés. En Irlanda del Norte, el conflicto nacionalistalevanta banderas de catolicismo frente a protestantismo. En lasprovinciasvascas, como en las del resto de España, pastorea la mismajerarquíacatólica, y no hay diferencias apreciables en lo religioso entrenacionalistas y no nacionalistas.

Si las grandesreligiones delimitaran lasfronteras entre «etnias», éstas se reduciríana unas pocas. Surgida para aunar a las poblaciones, la religióntanto sirve como factor de integración o factor dedivisión.Ni más ni menos que otras diferencias«significativas»,desde la ideología al deporte, pasando por el color de la piel,es susceptible de utilizarse para azuzar el fanatismo. Todo depende dela manipulación política.

Por lo demás,no existe correlaciónentre la religión y la lengua, menos aún de la que hayentrela lengua y los genes de la población. Y es que falla por subasecualquier componente objetivo para demarcar la etnicidad.

Es posibleseguirrepasando otros componentesde mayor o menor escala, sin que quepa acotar un orden de indicadoresespecíficamenteétnico. Lo que identifica a un grupo no puede ser sino latotalidadde sus caracteres socioculturales, o por lo menos aquellos queconstituyenel núcleo duro de su estructura antroposocial, que permiten lasupervivencia,la adaptación al ecosistema y el modo de vida. Por el contrario,para más absurdo, acostumbran a esgrimirse como«identitarios»unos caracteres que se han vuelto selectivamente neutros, es decir,carentesde valor adaptativo, circunscritos al ámbito de lo pintoresco,loideológico, lo puramente simbólico, imaginario oemblemático.

No faltanquieneshan intentado efectuar unacombinación de caracteres objetivos y subjetivos, queaportaríauna teoría más compleja acerca de lo constitutivo de unaetnia; pero siempre que terminemos en una configuraciónprivativade la etnia o etnicidad como tipo, resultará reificada,unatipología teóricamente falsa. De forma análoga acomoDarwin impide dar la razón a Linneo en interpretar laclasificaciónde las especies como tipos fijos. Significa recaer, pese alanálisisdel proceso histórico, en una visión en el fondoesencialista.

4. Elespejismoétnico

Los«marcadores de etnicidad»,las «señas de identidad», sólo abarcan unpuñadode diferencias reales o imaginarias, que tal vez no sean siemprefalsas,pero cuya parcialidad es patente con respecto al conjuntosociohistórico,del que se limitan a extraer e interpretar sólo unos cuantosrasgos.Suponen la mayoría de las veces una elección arbitrariaderasgos mínimos, útiles para un cierto contraste conotros:apenas un envoltorio o etiqueta con respecto al sistema total de loscaracteresconstitutivos. Aquí la parte no representa al todo, sino que loenmascara. Al señalarse unos componentes fragmentarios yvariables,no se entiende en qué reside lo étnico. Podría notratarse más que de una clase social, un grupolingüístico,una confesión religiosa, y a las diferencias en tales planospuedesubyacer un mismo sistema económico y político y tal vezde parentesco, con una combinatoria inestable entre lo compartido y lono compartido. Entonces, hablar de etnia parece superfluo y tipificarlaes erróneo, puesto que su contenido se disuelve en grupossocialeso en caracteres culturales cuyas «identidades» seintersectan,coinciden parcialmente, se superponen, se trasvasan.

La presunta«categoría étnica»(los rasgos comunes que forman su «representacióncolectiva»,con un trasfondo histórico) puede reflejar sólo unailusión,o bien recubrir sin más otras categorías distintas: porejemplo,una categoría de casta (en India), o de clasesocial(los campesinos pobres), o de confesión religiosa (losjudíosortodoxos).

Y es que lasseñas de identidad lasimponen las clases dominantes como un recurso al arcaísmo; hoycadavez más se compran y se venden en el mercado; a veces, hastacirculanlibremente al albur del narcisismo ingenuo de la gente.

Si, de hecho, seidentifican «etnias»acá y allá, por unos o por otros, lo cierto es que no esposible encontrar un común denominador conceptual en todos loscasos.En efecto, las encontramos con lengua y sin lengua propia, con y sininstitucionessemejantes, con religión distinta o con la misma, con concienciadiferenciadora y sin ella. El término «etnia»resultauna palabra comodín, cómoda para clasificar aalgúngrupo, a veces con cierta verosimilitud, pero siempre manipulando lasdiferenciassocioculturales. Todo lo que se ha incluido en la definición de«etnicidad» se resuelve en característicasheteróclitas,que deben ser explicadas cada una en su orden de hechos particulares(lengua,religión, parentesco, indumentaria, etc.). Pues ningunacombinaciónde tales factores concurre como criterio diferenciador coherente entodoslos casos donde se presume que hay una etnia. A la idea«etnia»no le queda ningún significado riguroso, cuando ningúnrasgoo conjunto de rasgos, sean biogenéticos o socioculturales, escapazde aportar, como regla general, una información concluyenteacercadel grupo étnico al que pertenece un individuo humano. Pues loquecabe decir estadísticamente de la población no esválidopara cada uno de los individuos que la componen.

No quedan en piemás que diferenciasculturales, cuya articulación sistémica en varios nivelesy cuya evolución en el tiempo es preciso estudiar. Lasignificaciónpolítica actual nunca puede desprender su legitimidadconcluyentementede un pasado «étnico», hace siglos disuelto oteóricamentecuestionable. Otra cosa es construir un mito: habrá que criticarsu función social y política. No hay ningúnsustratobiológico ni cultural que legítimamente justifique ladiscriminaciónnegativa entre los pobladores de un territorio. Pues todos poseen elmismogenoma humano y la diversidad de formas culturales pueden enteoríaser optativas para cada individuo (y por tanto no hay razón porla que no deban serlo, por mucho que se tropiece con límites defacto).

Las diferenciasculturales están ahísiempre, y evolucionan. El problema está en el modo deconsiderarlas:en el hecho de interpretarlas, o no, como señas de identidadatribuyéndolesuna naturaleza étnica o, por el contrario, reconocerlas comopartede la variabilidad normal interna a la misma sociedad. La«etnia»,como la «raza», sólo cobran existencia social cuandoson utilizadas para la discriminación política.

Es irónicocómo gran parte delos rasgos que se tienen como «propios» proceden enrealidadde otra parte, a despecho de la originalidad autóctona,inmemorial,singular y exclusiva pregonada por los etnicistas. ¿Quéseríade la tortilla «española» y la ensaladilla«rusa»sin la patata traída del Nuevo Mundo? ¿Y del gazpacho«andaluz»sin el tomate del mismo origen? Basta leer en la etiqueta laprocedenciade los productos que adquirimos a diario en cualquier hipermercado.Perolo mismo vale para las palabras que pronunciamos, las creencias queprofesamos,hasta las emociones más íntimas, todas han hecho largos eintrincados recorridos antes de llegar a ser tan espontáneamente«nuestras». Un andaluz quizá ame especialmente elcineespañol, pensando que es el «suyo», pero eso en nadale impide que le encante el cine norteamericano y que, de hecho, paselavida viendo incomparablemente más películas deésteúltimo, en la construcción concreta de su«identidad»fáctica. No cabe negar que la «identidad andaluza»procedede África, de Grecia y Roma, de Europa Central, de Oriente medioy Asia, de Centroamérica y Suramérica, y de EstadosUnidos.

Lo propio, antesquecomo «mío»(exclusivo de no se sabe qué polémico«espíritudel pueblo»), vale como obra del espíritu humano, que serealizaen la diversidad, en un diálogo sin fronteras con sus propiascreacionesy con la naturaleza.

Miríadas decomponentes conforman unprecipitado que el sistema social digiere, al tiempo que élmismono queda intacto sino se transforma, y cada época extrae deahísus tópicos y estereotipos, que algún díallegarána desvanecerse, a veces tras una última reviviscencia en elfolclore.

Ningún lugaren las ciencias le incumbeya a la monserga de la etnicidad, más allá de laficciónfolclórica, a la que, no obstante, debemos concederle todo elvalorque tiene, pero sabiendo lo que es. Dado que el fragor de las masacresen nombre de la raza, la etnia y la nación aúnresonará,lamentablemente, en el campo de las guerras y los negocios, durantedemasiadotiempo, al menos intelectualmente desenmascaremos su falta defundamento.Restrinjamos los epónimos y gentilicios sólo a ladesignaciónde los habitantes de tal o cual territorio, a fin de desterrar lasidentidadesideológicas al plano al que pertenecen. El destino ideal de losenfrentamientos étnicos sería reconvertirse en algoasícomo las representaciones de moros y cristianos que se dramatizan ennumerosospueblos de Andalucía: en ellas, elevada a la escena, la memoriadel odio está puesta al servicio de la catarsis y la fiesta.

En definitiva noseencuentran componentessocioculturales capaces de especificar lo que se presume como«etnia»,ni existe ningún principio étnico que integre unasociedad. Entre la estructura del parentesco y la estructurapolíticaque desarrollan las jefaturas y estados, no hay ningún principiode organización social intermedio, de índoleétnica.Cuando se recurre al principio de parentesco, se trata de lapolíticade una sociedad tribal. Si se va más allá del parentesco,se está haciendo una política finalmente propia delestado,en algún nivel. Reclamar, en este último contexto, unaidentidadétnica como base para la organización políticaconllevala negación del principio político de ciudadaníaporigual para todos los habitantes del territorio.

De la lectura deFredrik Barth (1969) habríaque extraer lecciones opuestas a las que él trata deenseñar:La maleabilidad de las «fronteras étnicas» y surelatividadcircunstancial más bien refrendan la sospecha de que laexplicaciónradica en otra cosa que las manipula, o refuerza, o suprime. No mepareceun logro sino un grave desacierto haber desvinculado lainvestigaciónétnica de la investigación cultural.

La diversidadsociocultural es obvia. Peroetnificarla, o sea, describirla en términos de identidadesétnicas,máxime en sociedades complejas y pluralistas, constituye unaconcesióna los prejuicios de la opinión vulgar (salvo que se trate deanalizaréstos como ideología). En cambio, sostengo que, alinvestigarel concepto de «etnia» mediante el estudio de lasdiferenciassocioculturales, se llega a la conclusión de que no existenetnias,de la misma manera que no existen razas.

La dinámicadel espíritu tribalo «étnico», en la ciudad y en el estado, no puedeempujarmás que a la guerra incivil, porque su autoafirmaciónradical,sectorial/sectaria, obstruye la consolidación del nivel superiorde integración política de la pluralidad social. Lapolíticadel estado, por su génesis histórica y por su propioconcepto,es supratribal, supone una discontinuidad constitutiva respecto a toda«etnia». Desde la emergencia de la civilización, lastribus se han disgregado y, por consiguiente, toda etnicidad resultamendaz.Y toda identidad étnica, una ilusión.


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1988 Entre el tiempo y la eternidad.Madrid, Alianza, 1994.

Ricoeur, Paul
1990 Sí mismo como otro.Madrid,Siglo XXI, 1996.

Todorov, Tzvetan
1989 La conquista deAmérica. Elproblema del otro. México, Siglo XXI.

Zamora, Elías
1993 «Grupo étnico»,enÁngel Aguirre Baztán (coord.), Diccionariotemáticode antropología. Barcelona, Boixareu (347-350).


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Author: Kelle Weber

Last Updated: 02/01/2023

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Name: Kelle Weber

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